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Sociedad mediática


By Gramática.org - Posted on 18 March 2008

por Fernando Lázaro Carreter

La palabra es aún niña en Francia, tiernamente adolescente como mucho: sólo han pasado doce o trece años desde su invención allí. Médiatique se emplea para calificar lo concerniente a los medios de comunicación o a lo transmitido por ellos. Y con tan escasa edad, ya se pasea con disfraz hispano y pisando fuerte por nuestras prosas habladas y escritas, confiriéndoles un alto grado de distinción. Así, se dice y se oye que vivimos en una sociedad mediática, queriendo significar con centelleante concentración la importancia, constitutiva casi, que en la sociedad contemporánea poseen los media o medios por antonomasia.

Es evidente que ciertas corrupciones hubieran permanecido ignoradas sin la acción mediática, y fuentes mediáticas de toda solvencia aseguran que el Gobierno está resuelto a aplicar el programa de su partido si gana las próximas elecciones. El vocablo se ha puesto de moda y nadie que se precie en ese mundo, y en el político, hermano suyo en echarle el rumbo al lenguaje, perderá la ocasión de usarlo y de abrillantarse con él.

Se ha formado, resulta obvio, partiendo del segundo componente del inglés mass media, un latinismo crudo (plural de medium) al que se le ha pegado el fecundo sufijo del mismo origen -ático. Los italianos, que también gozan metiéndole espuela a su fastuosa lengua, han creado massmediático, que tiene más cuerpo y aún menos alma, pero está aún sin descubrir por nuestros oteadores; ojalá se les escape: ya nos basta con este nuevo inmigrado, tan patéticamente pedante.

Sin poder remediarlo, se me asocia con el otro médium, el de los espíritus; y tiene una faz tan redicha que parece inventado para albergar un concepto esotérico en compañía de voces tan arcanas para los profanos como iniciático, melismático, enti memático... Pues no: sirve sólo para darse postín. Y para evitarse rodeos, según una tendencia que lleva algunos años actuando, y que ha producido, por ejemplo, el desvío semántico de partidario para significar «perteneciente o relativo a un partido político» (intereses partidarios, en vez de intereses de o del partido), con la violencia que representa construirlo sin el complemento con de que acompaña normalmente a ese adjetivo (partidario de nuevas elecciones).

Arrastrado por esa corriente que poco a poco va cobrando vigor, nada extraña que un periódico andaluz, dando noticia de un posible convenio entre dos organismos, haya escrito que «El PSOE defendió en Pleno, la necesidad de conveniar con Diputación la financiación...» Figura este esperpento debajo de una fotografía; el texto fue, pues, del pie productor al pie difusor.

Se observará también en tal texto la omisión del artículo (ante Pleno y Diputación), práctica muy estimada por una gran parte de la profesión mediática, según hemos señalado varias veces. Cúmpleme ahora dar cuenta de otro rasgo de esa jerga, que observo desde hace poco -tal vez por falta de atención, pero no lo creo-, constitutiva ya de una verdadera pandemia que tunde a fondo el cuerpo del idioma. Me refiero a formular así las noticias: «El Parlamento se reunirá hoy a partir de las diez de la mañana»; «El encuentro ValenciaExtremadura podrá verse por esta cadena a partir de las ocho de la tarde». Hasta hace poco el español de siempre o paleoespañol empleaba la simple preposición a: el Parlamento se reunía a las diez, y el encuentro se televisaba a las ocho.

Es cierto que esta precisión horaria marca el comienzo de un proceso (la sesión parlamentaria o el encuentro deportivo) que se desarrollará durante un cierto tiempo, pero no es imprescindible marcarlo porque lo importante del mensaje está en señalar el momento del comienzo. No ocurriría lo mismo si se dijera que la exposición podrá ser visitada a partir de las cinco de la tarde, donde esa formulación resulta necesaria para dejar claro que los posibles visitantes disponen del tiempo hábil que sigue a las cinco. Por supuesto, nadie que practica ese henchimiento dirá a la amiga o al amigo que los espera en la puerta del cine a partir de las siete menos diez; pero metido a comunicador ha de expresarse como tal, es decir, rarillo. Obedece, en efecto, tal novedad a la tendencia a dar mayor cuerpo a los elementos de relación, las preposiciones de manera especial, que apunta claramente en la evolución de nuestra lengua (se abre por medio de una llave, y no con ella, entraron a través de una ventana, preferido a por una ventana, etcétera).

Tendencia que, en este caso, se refuerza con las frecuentes extravagancias en la indicación del tiempo horario (cima de todas ellas: son diez minutos sobre las doce), entre las que cuenta, ya plenaria y triunfal, el uso de en con el valor de «dentro de»: «Estará en cinco minutos», nos dice el operario que cambia el aceite al coche; «Volvemos en unos instantes», asegura el presentador televisivo llamando, por cierto, «instantes» a esa temporada de anuncios que irrumpe en su programa. Ante quien corresponda, clamo otra vez desde este recoleto desierto para que, de una vez, empiecen a tomarse medidas ante el aspecto menesteroso que, desde el punto de vista idiomático, pero no sólo, presentan abundantes pobladores del universo mediático.

Las cosas andan bastante mejor en otros aspectos; en general, se informa con rapidez y bastante precisión, hay columnistas, articulistas y comentaristas excepcionales, secciones y emisiones que se buscan con interés. Pero las pifias idiomáticas emborronan demasiadas páginas, numerosos programas, cosa que no ocurre tanto en nuestro vivir cotidiano: de vez en cuando, se distrae un camionero y vuelca la mercancía, pero los mercados suelen estar bien abastecidos; no faltan las denuncias de errores médicos, pero es normal que los hospitales sean sanatorio más que tanatorio, y así en casi todo. Pero en los medios no sorprenden sólo las faltas idiomáticas sino los yerros, dislates, fiascos y demás planchas que hieren los sentidos.

Así, por ejemplo, el informador que, comentando el sorteo de equipos europeos clasificados para la Liga de Campeones (el que se precie, dirá a su modo «Champions League», porque eso y «Bundesliga» aromatiza culturalmente el mensaje), aseguró de un once chipriota que era «el más débil del Continente». Gran escándalo produciría, si fue oído, en la isla de Arosa, cuyos vecinos distinguen tan claramente la insularidad, que llaman «o continente» a la tierra firme de ahí al lado, distante de ella a poco más de un tiro de piedra. Precisión no les falta; ya la querría para sí el evaluador de equipos. Como el equinotécnico que, narrando una boda descomunal acaecida en abril, después de describir en un diario de tronío el atuendo de la novia, color de lentillas incluido, aseguró que ésta «llegó a la ermita en una calesa tirada por cuatro alazanes blancos». O se equivocaba a fondo, o quien está errado es el Diccionario, según el cual alazán «dícese del color más o menos rojo, o muy parecido al de la canela. Hay variedades de este color, como alazán pálido o lavado claro, dorado o anaranjado, vinoso, tostado, etcétera». Es disculpable el error del cronista nupcial, porque no se puede entender de todo, pero conviene consultar de vez en cuando el infolio, el cual, si se desea, sale a la ventana del ordenador con un simple golpe de tecla.

Puede disculparse, insisto, no saber mucho de caballos, pero no es perdonable ignorar los rasgos de la propia especie, como le ocurre al corresponsal vigués del mismo periódico de la Corte, en trance de notificar un suceso acaecido en aquel puerto. Ocurrió, como plásticamente describe, que una pareja, poseída en el interior de un coche «por un irreprimible estallido de amor», se desentendió del vehículo; este se deslizó y cayó al mar. Los amantes, al salir a nado, tuvieron que marcharse con el atuendo propio del caso: «En traje de Adán» puntualiza el informador. De uno dice que era varón, ¿y el otro?

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